Mi ordenador me notifica la llegada de un nuevo correo electrónico. Nos convocan a la presentación de los cambios tanto de carta como en el propio establecimiento en Teatriz coincidiendo con su vigésimo aniversario. Me inunda la curiosidad. Teatriz… Recuerdo haberlo visitado hace años. ¡Renovarse o morir! ¿Qué puede haber cambiado? Ya entonces el entorno llamaba enormemente la atención. Y la comida merecía y mucho la pena.

¿Y si con el lavado de cara coincidiendo con el vigésimo aniversario se ha perdido el espíritu que en su momento concibieron mentes como la de Philippe Starck, Arnold Chan o Javier Mariscal –sí, el insigne creador de Coby? En pleno barrio de Salamanca, este restaurante perteneciente al Grupo Vips siempre tuvo un halo mágico, teatral. No en vano, está ubicado en lo que durante décadas fue el Teatro Beatriz, que contó en su día con la inauguración de Alfonso XIII. Ese halo de teatralidad, de magia, me inunda al cruzar el umbral de su puerta.

Tras los preceptivos saludos previos, pasamos a recorrer el espacio entero de un restaurante que ahora son… cuatro. En la entrada, bajo el nombre de Tapas Teatriz, nos recibe un acogedor salón concebido como espacio para disfrutar de una selección de tapas en horario ininterrumpido. Sorprende que, a pesar de la hora –apenas las 13:30 h- la afluencia de público ya es notable. Veo parejas, ejecutivos, familias… con raciones de todo tipo. Veo patatas bravas, raciones de pulpo, aunque con presentaciones distintas a lo habitual. Pero hablaré más delante, y con más detenimiento –por algo es ‘slow food’, un concepto perfeccionado en Teatriz- de su carta.

Pasamos entonces a lo que antiguamente era el salón de butacas del teatro. Es inevitable elevar la vista y sorprenderse con la altura de los techos y su decoración. Se nota, una vez más, la mano de Starck y de Mariscal, con los retoques actuales de Bruno Borrione. La forma ovalada de la platea acoge desde un principio al visitante, que se siente empujado a sentarse en una de las sillas y disfrutar de sus platos como si de una obra teatral se tratase.

En el escenario se ubica Kirei, que en japonés significa “bonito”. Una barra de sushi de ocho metros en mármol blanco recorre uno de sus extremos. Este es el espacio destinado a la selección de sushi y sashimi, donde además se puede disfrutar de una gran variedad de cócteles, tanto con alcohol como sin él. Al elevar de nuevo la vista sorprende observar que la iluminación de este espacio es completamente natural, gracias al techo de cristal y a sus espacios diáfanos. Impresionante y acogedor.

Llegamos ya al Pink Lounge, espacio destinado especialmente a la coctelería, donde nos reciben Pablo Giudice (de Sudestada), bar boss del establecimiento, Ricardo Sanz (Chef de Kabuki Wellington) y Carlos Núñez (chef ejecutivo de Teatriz). Una suave música chillout nos acoge en un entorno decorado con mimo que no defraudará a los más exigentes. Pablo nos ofrece un cóctel para abrir boca. Empiezo con un Nippon Bloody Shame, algo así como una versión del Bloody Mary con un toque japonés y sin alcohol. Una explosión de sabores y contrastes inundan mi paladar, gracias a la sabia mezcla de jugo de tomate, piña picada y un toque de wasabi. Delicioso. Posteriormente disfruto también de un increíble Aperol Sour Champenoise y, en un pequeño exceso, de un Tequila de Manila, en el que el toque de jengibre y cilantro, además de la lima, ofrecen un toque peculiar difícil de olvidar.